martes, 14 de junio de 2011

LA TORTUGA EN EL POSTE

Un joven está paseando por la plaza de un pueblo y decide tomar un descanso.

Se sienta en un banco, ocupado por un señor de más edad. Naturalmente, comienzan a conversar sobre el país, el gobierno y finalmente sobre los Legisladores y similares.

El señor le dice al joven - "¿Sabe? LOS LEGISLADORES Y DEMÁS, SON COMO UNA TORTUGA EN UN POSTE."

Después de un breve lapso, el joven responde - "No comprendo bien la analogía... ¿Qué significa eso, señor?"

Entonces, el señor le explica: "Si vas caminando por el campo y ves una tortuga arriba de un poste de alambrado haciendo equilibrio

¿Qué se te ocurre?"

Viendo la cara de incomprensión del joven, el hombre continúa con su explicación:

  • Primero: No entenderás cómo llegó ahí.
  • Segundo: No podrás creer que esté ahí.
  • Tercero: Sabrás que no pudo haber subido solita ahí .
  • Cuarto: Estarás seguro que no debería estar ahí.
  • Quinto: Serás consciente que no va a hacer nada útil mientras esté ahí.

"Entonces lo único sensato sería ayudarla a bajar."

EN LAS PRÓXIMAS ELECCIONES , HAGÁMOSLO BIEN, TRATEMOS DE QUE NINGÚN ANIMAL SUBA AL POSTE.

viernes, 20 de mayo de 2011

EL FIN DEL MUNDO POR LA FE, PRIEST Y SAVING GRACE

 

Ayer fui al cine a ver Priest, el Vengador. Cinta extraída de un cómic que no leído, lo cual es raro. El argumento: una orden de Sacerdotes o Padres, con características de combate super humanas, han salvado a la Humanidad de una debacle contra una raza de vampiros a costa de que la especie sobreviva en unas pocas ciudades amuralladas a través del orbe.

Y después de ello, los Padres son tratados como indeseables. Cumplida su finalidad, no hay nada para ellos en la sociedad que se ha formado, una sociedad puritana dónde la Iglesia se ufana de proteger a los ciudadanos, de ser el único refugio contra la iniquidad, el pecado y la podredumbre de la carne.

El protagonista debe salvar a un pariente muy querido, a costa del dogma fundamental de este nuevo Orden: ya no hay amenaza de los Vampiros. Nosotros te protegemos . . . mientras hagas lo que decimos. “Desafiar a la Iglesia es Desafiar a Dios”, su leit motiv.

Priest debe decidir: salvar a su sobrina o mantener el status quo de una sociedad que  le desprecia después de haber cumplido su meta, la erradicación de los vampiros.

“Ten fe y mantén el orden.” es la exigencia de la  Iglesia. Fácil para un prelado que no perderá nada con la muerte de la chica. Difícil para alguien que ama lo que tiene.

Hay dos puntos que a modo personal me sentí identificado con el protagonista.

Entra a un confesionario tecnológico, con un identificador de voz el cual le reconoce. En la pantalla holográfica, una imagen del prelado que escucha su confesión. Cuenta un sueño, una remembranza de su pasado como guerrero. La pantalla  salta un poco en la imagen, por un momento se observa el mensaje “Loading Answer”. El sacerdote virtual le espeta una respuesta prefabricada y pide que no se preocupe.

Reconocí en ella la  última vez que me confesé, hace muchos años. Con una respuesta mecánica, sin sustancia, sin el mínimo de asombro o interés de parte del  padre que me la estaba dando. Mi cara de asco y decepción debió ser igual a la del protagonista.

El segundo punto. El cuasicompañero-patiño de Priest hace una pregunta casi tan tajante como los monseñores de la Iglesia. Una pregunta moral, la cual el público generalmente contestará con un inmediato “Sálvala a toda costa”. Priest responde con una frase que digo a menudo, y que causa controversia siempre que lo hago: “Hago lo que debo hacer”. Sin tintes moralistas, ni asomos de maldad por ningún lado. Mecánica y analítica la respuesta.

Si. La cinta marca algo que me repugna constantemente de las Iglesias. De todas. Su politización y falta del espíritu de compasión que en sus inicios les permea. A algunas. Otras nacieron  pútridas, pero no heriré susceptibilidades.

En lo particular pienso que Jesús en su Segunda venida o Parusía, cuando observe lo que han hecho en su nombre sus agremiados, se clavará él solo a la Cruz. De nuevo.

Eso me lleva a pensar, en ese tan cacareado Juicio Final por el norteamericano Robert Fitzpatrick,  que sucederá mañana y estamos informados de ello por un pastor llamado Harold Camping, cuyo cálculo esta  basado en la numerología. Creo que nadie le ha dicho a este ilustre patriarca que el Dios que sigue prohíbe ese tipo de prácticas en la Biblia. Quién soy yo para corregir a un elegido del Señor, puedo argumentar.

Diré lo mismo que cuando esta mañana mi pequeña sobrina Nanny me abrazó con miedo. No pasa nada. El mundo se le acaba a quién se muere. Y aún en ese caso, hay esperanzas de una vida eterna. Dudo. Es cuestión de fe, no de razón, opino.

Mañana lo sabremos. Pero mi fe es que no sucederá nada.

Acordándome del Dios en el que me gusta pensar, una canción acorde a la ocasión y de mis favoritas, debo decir: Saving Grace, de Everlast.

 

“God knows my name” . Los veo en el Juicio Final muchachos. Después del acontecimiento, yo les invito una cerveza.

miércoles, 11 de mayo de 2011

POCO SOBRE MI MADRE.

De mi madre poco he escrito en este lugar. Mi madre, siempre guía, siempre consuelo, siempre fortaleza de mis debilidades.

Es abrigo en la tormenta. Es sabiduría simple, sin retóricas. Sin medias tintas, mi madre diluye al mundo en su escueta opinión, según ella.

Ayer fue 10 de Mayo. Un día comercial, debo decir. En ocasiones, a los idiotas hay que recordarles que tienen madre, y que merece el agradecimiento eterno. Para eso es este día. Madre no es es sólo el acto de procrear un hijo. Madre es la elección de forjar una vida, de enseñarle valores, de darle forma a una existencia naciente.

Mi madre tuvo la elección de tener un hijo o no. Quiso tener un hijo. Tuvo la elección de cuidar o no, a ese hijo. Y me cuidó. No porque sus genes estuvieran en mí. Lo hizo porque desde su vientre, ella ya me quería, me dice. No porque me necesitara para ser madre. En una acto de simple fe, de infinito amor, mi madre me concibió con mi padre, para darle forma al amor que les une. Ese amor soy yo, mezcla de dos seres que se quieren a pesar del tiempo. Eso es un hijo, según mi madre: Un acto de fe al mundo, un acto de infinito amor.

Puedo dudar del universo entero. Pocas cosas creo que son ciertas. Pero del querer de mi madre, nunca he dudado. Lo veo en sus ojos. Por eso creo en el amor; porque mi madre me mira todos los días y sé con absoluta certeza que me quiere. ¿Cómo dudar de que la Humanidad tiene la capacidad de amar, si mi madre me lo ha demostrado toda la vida?

Mi madre me ha enseñado a amar sin miedo, con fe, con su ejemplo. Creo en lo bueno de mi especie, por ella. Ella me mostró lo mejor que tiene el mundo para mí. Me enseño lo malo que tiene el mundo para mí. Y la sabiduría para distinguir lo que es bueno y malo para mí.

No. No se engañen. Parir a un hijo no las hace madres. No una verdadera madre. Las hace madres los 18 años siguientes, cuando toman la decisión de enseñar a ese hijo a desenvolverse por si mismo. Cuando le muestran la vida en su esplendor. Cuando no lo hacen por sentirse obligadas, sino porque de ustedes nace hacerlo. Aprenden de su hijo, lo que es amor.

Ser madre no es sólo un acto biológico. Es una decisión de una vida. No de la de su hijo, sino de la suya. Por eso requiere valor, únicamente posible por una verdadera madre. Mi madre repitió esa decisión tres veces más. Me regaló tres compañeros para este viaje: un malhumorado hermano, digno hijo del Inge, una voluntariosa hermana, fuerte como roble y un pan de Dios, un cascabel, mi hermana pequeña.

¿Saben? Sí, el 10 de Mayo es un día comercial. Pero nunca le he dado flores a mi madre ese día. Porque se las llevo el resto del año. Para mí no hay un día especial para ella. Todos los días son especiales, porque ella esta conmigo. Y la llevo a comer al Italianni’s, compro sus pasteles del Sanborns a pesar de que creo que son puro merengue, la sonsaco para irnos a comer tacos a ese puesto donde hemos ido casi 20 años.

No hay dinero suficiente para pagar lo que ella ha hecho por mi en 33 años. Su cariño, su fe, sus cuidados, sus regaños, su apoyo. Su amor.

Por eso se lo pago siendo recíproco a su amor. Por eso, algún día, pienso hacer lo mismo por alguien más. El precioso regalo de SER en esta vida. El invaluable regalo de SENTIRSE AMADO en esta vida.

Gracias Mamá.

“-Brindo por la mujer, más no por esa
en la que halláis consuelo en la tristeza,
rescoldo del placer ¡desventurados!;
no por esa que os brinda sus hechizos
cuando besáis sus rizos
artificiosamente perfumados.

Yo no brindo por ella, compañeros,
siento por esta vez no complaceros.
Brindo por la mujer, pero por una,
por la que me brindó sus embelesos
y me envolvió en sus besos;
por la mujer que me arrulló en la cuna.

. . .

Por la mujer que me enseñó de niño
lo que vale el cariño
exquisito, profundo y verdadero;
por la mujer que me arrulló en sus brazos
y que me dió en pedazos
uno por uno, el corazón entero.

¡Por mi madre!.. bohemios, por la anciana
que piensa en el mañana
como en algo muy dulce y muy deseado,
porque sueña tal vez que mi destino
me señala el camino
por el que volveré pronto a su lado.

. . .

Por la anciana infeliz que sufre y llora
y que del cielo implora
que vuelva yo muy pronto a estar con ella;
por mi madre bohemios, que es dulzura
vertida en mi amargura
y en esta noche de mi vida, estrella . . .”

Guillermo Aguirre Fierro, El Brindis del Bohemio. (1915)

jueves, 14 de abril de 2011

BULLYING

En mi niñez, decir que no había bullying sería mentir. Honestamente yo no sufrí de acoso gracias a un pequeño detalle: a mis 10 años yo medía 1.70 mts. Eso puede desanimar al camorrista más bragado, si este mide 1.55, por lo general. Pero ya existía el Bullying, sólo que no le conocíamos como tal.

Los niños por lo general son crueles. No porque quieran serlo, sino porque carecen de la cortesía social que aprendemos con los años. Por eso un niño pregunta a un discapacitado porque le falta una pierna, porque el méndigo de la calle pide limosna, porque la vecina recibe una muñeca de trapo en Reyes cuando él recibió un Nintendo DS.

Ese tipo de crueldad no es intencional. Tampoco es gratuita, se basa en el hecho de observar nuestras naturales desemejanzas. No obstante cuando un niño empieza a amedrentar a otro por su físico, por sus lentes, por su peinado, el problema es la poca aceptación de las diferencias que al final, nos hacen iguales, por trillado que suene.

Recuerdo la masacre de Columbine. Como excusaron a los asesinos por ser víctimas de maltrato. Ahora un hombre de 23 años mata a 12 niños, buscando “vengar a la gente buena, inocente y noble, que es vejada en las escuelas”. Pobre excusa para no encarar sus miedos. 10 niñas. 2 niños. Sin excusa.

Mi mente no puede procesar lastimar a un niño. Es incapaz de comprender cómo hacerlo. Pero yo ya no soy un niño. He aprendido a respetar y festejar las razones que nos hacen diferentes individualmente. Celebrar la diversidad de gente que hay en mi especie.

Un día supe que el Nanobot era amedrentado para que le diera su sándwich a un compañero. Casi se me volteó el hígado de coraje. Cuando hablé con él, simplemente le enseñé el credo de la familia: “No ataques, no provoques. Pero siempre defiéndete. Nadie tiene derecho a lastimarte.”

El Nanobot me miró con sus ojos oscuros, tan negros como los de su padre. Dijo: “Él no me quita mi comida. Yo le doy la mitad a Aldebarán, porque en su casa no le ponen sándwich”.

Ahora sé, que a su corta edad, Erick sabe la diferencia entre el bien y el mal. Que a veces se comportará como un pequeño demonio porque es un niño inquieto. Pero de buen corazón.

Aunque de tiempo en tiempo, se pelee con sus hermanos, estoy seguro que sabrá defenderse. Que no lastimará a nadie en su camino. Eso, es la mejor defensa contra el mundo que le rodea.

Y cada día me convenzo más, que yo no estoy educando a estos niños. Sino que ellos, me educan a mí.

miércoles, 30 de marzo de 2011

NUBIA

Nubia es bajita, de rizos negros cerrados como tirabuzones. y tez bronceada. De mirada a veces dura , a veces melancólica. De risa fácil y ojos grandes que te descomponen en tus partes más ínfimas, para rearmarte de nuevo con una sonrisa.

Cuando la conocí me miró de abajo hacia arriba con enorme indiferencia. Huelga decir que la sobrepaso por veinte centímetros de estatura. No se atrevió a posar su mirada en mí más allá de los cinco segundos que le bastaron para mostrarme su absoluto desapego a que yo existiera. Quién iba a pensar en ese entonces, que seríamos tan buenos amigos.

Nubia es pequeña y de buen corazón. Recuerdo los días de melancolía que pasamos sentados en un banca de un parque de diversiones infantiles, fumando como chimeneas. Éramos jóvenes y obtusos, retando a la vida para descubrir que nos deparaba. Las tardes sentados a la vera de su piscina mirando el atardecer mientras elucubrábamos teorías de porque el mundo giraba como lo hace, de porque el amor nos eludía, de porque a pesar de ser completamente opuestos, en algún momento nos traicionaba esa alma romántica que yo ocultaba y ella siempre mostraba, haciéndonos idénticos y amigos.

Las lunadas en su casa. Las comidas. Su eterno suéter verde. La mirada perdida al horizonte. Lo poco cariñosa que era. Podría contar con los dedos de una mano las veces que me abrazó, tres de ellas en mi cumpleaños. Pocos, pero sustanciosos abrazos, pensaba yo. Poco, de lo bueno que llevaba en su interior, que nunca quería mostrar y que siempre se le desbordaba sin querer, con quien menos debía.

Ella lo entregaba todo, si alguien lograba llegar a ese espinoso páramo donde habitaba su esencia. Yo le vi en contadas ocasiones sufrir de amores. Consolé sus lágrimas con palabras a veces tiernas, a veces duras. Decía que no había un ser más duro que yo, para decir las verdades de una manera suave. Y después se recargaba en mi hombro para ver de nuevo el atardecer.

Años después, presencié algo que no debía, de alguien que ella quería. Callé, esperando que ese hombre hiciera honor al sustantivo, y confesara. No lo hizo. En un arranque de coraje y debilidad, ella flaqueó y cometió un error. Él reprochó su falta, como si fuera impoluto de errores, castigándola como si fuera una criminal de guerra. Yo no callé más.

Confesé lo que había visto. Sabia que ella tendría medios ahora para defenderse, pero al mismo tiempo, ganaba yo un enemigo. Un enemigo que nunca podría vencer, pues moraba en el corazón de Nubia, a pesar de todo, pues le amaba. Sabía que le perdonaría como le espeté ese día: “Ahora que ya sabes la verdad, ahora sí te tiene para perderte. Es tu decisión”. Al mismo tiempo, perdía una amiga. La verdad entre nosotros no estaba supeditada a la vocación de alguien más para entenderla. Era un compromiso de fé porque Nubia creía en mí.

Nunca me lo reprochó. Creo que jamás lo hará. Pero él no me perdonará jamás que yo no mantuviera el secreto de género, de hombres. Yo no quería a los hombres; yo quería a mi amiga.

Ahora son felices y tienen familia. Eso me consuela. Es dichosa, y aunque no puedo verla, eso me conforta en los momentos que encuentro las fotos dónde aparecemos, cuando paseo por San Cristóbal y recuerdo nuestro sinfín de anécdotas, cuando la nostalgia me atrapa y me lleva a su nombre de nuevo.

Mi amiga es feliz y es amada. La imagino llevando a su hijo de la mano, cargándole y contándole las historias de un tiempo en que éramos más jóvenes, acerca de un mundo primitivo dónde no había teléfonos celulares, la música se oía en LPs de vinilo, tomar tequila era de gente pobre y soñaba con el amor que le proporcionaría el calor de un hogar.

Nunca dejaré de extrañarla. Ella es bienaventurada. Eso me debe bastar.

Con cariño amiga. Con verdadero cariño.

viernes, 25 de marzo de 2011

EL SUMO INQUISIDOR

-Bien. Has logrado llegar hasta este sitio. Me tienes amarrado a la bondad de tu misericordia, al libre designio de tu noble voluntad- dijo, con gran tranquilidad el Inquisidor, inexpresivo de rostro desde su empotrado trono en la pared.

-No me extraña que estés aquí. Te esperaba eternidades atrás, preguntándome cuando sucedería la lóbrega noche en que vendrías, atravesando todo lo que tuviera a bien intentar detenerte. Sabía que no habría voluntad más fuerte que aquella que te anima. Eso lo admiro – admitió, con cierto resentimiento, mientras caminaba hacia él – Incluso, te esperaba con esa misma expresión desafiante, fría y templada.

Conocía de antemano que vendrías solo. Que esta conclusión sería una partida de ajedrez entre dos empeños por lograr un propósito a disgusto. Sé que no te gusta tu intención. Sé que a mi no me place la mía. Que ambos somos objetos del destino obligados a encontrarse de frente y chocar con estrépito para conocer la determinación de esta situación, de esta épica realidad. Todavía tu contradicción azota mente y corazón. Conoces que es lo correcto; aun así, no apruebas el método, más no desviaras el último golpe certero de tu acero.

Henos aquí. El final predecido.- suspiró, con cierta satisfacción.

-Yo conocía que venia.- contesté - Intuía que tú al igual que yo advertías de que este desencuentro se llevaría a cabo. El duelo de voluntades, de correcciones del destino a mi visión nos llevaría a este término aciago. Aciago en verdad, porque un día fuimos amigos. Me llevaste de la mano al camino que mi sombra ahora recorre.

¿Cuándo solté tu mano fuerte por desconfiar de tu entender?

Desconozco cuando aconteció. No veo cuando disentí de tu visión del mundo, la única que yo conocía. Pero un día lo supe. Supe que esta senda a pesar de que nos llevaba juntos, en algún instante nos separaría para alegar entre nuestras divergentes opiniones. Caeríamos en este dilema: en que tengo que acabar contigo para continuar transitando la vida. Acción en la que no hallaré placer – repliqué, con voz profunda y la amargura que te da el recuerdo de tiempos de gran solaz.

-Tu ya no eres el mismo espectro que yo conocí. En cambio, yo sigo siendo el hombre que tu conociste, el Sumo Inquisidor. Tu eres diferente. Eso es lo que nos hace padecer hoy. Es tu decisión de ser lo que eres este día, lo que nos enfrenta con cruda resignación. – aseveró más para sí mismo que para mi – Pero déjame darte un ultimo consejo. Una última advertencia, en nombre de los amigos que un día fuimos.-

-Escucho-

-Yo me iré, por tu mano. Pero otro vendrá. Es inevitable como la marea que horada la roca del acantilado que mira el océano.

Recuérdalo. Otro vendrá. Quizás estés preparado para él, ahora que me has conocido. Quizás no. Pero vendrá. Cierto estoy.

Entonces entenderás que lo único que le permitirá actuar, es la inactividad de un hombre virtuoso. La apatía de un hombre honesto. Siempre es la causa que les permite ejercer su influencia. Porque amén de ese siguiente, vendrá otro. Y otro. Subsecuentemente, siempre habrá uno en camino.

Recuérdalo. Siempre habrá uno.-

Me miró ya sin desafío, con la apacible resignación de aquel que percibe que su trabajo esta hecho.

Mirándole a los ojos, alcé la espada manchada de sangre.

La espada cayó, desdibujando la realidad a la que había estado atenido. Para dibujar, una nueva realidad.

lunes, 14 de marzo de 2011

RUIDO BLANCO

Sólo cerré los ojos apretándolos muy fuerte. Ningún impulso visual debía perturbar mi misión mientras apuraba un trago de mi cerveza casi con desesperación. Sentía la urgente necesidad de llegar al mareo mental, al aletargamiento de mi raciocinio, al imperante efecto del alcohol explotando mis neuronas.

Me concentré en el sonido. En el regusto metálico del líquido que recién terminaba de pasar por mi lengua, mientras apretaba los párpados como si quisiera soldarlos al resto de mi cabeza, mientras las luces que los atravesaban teñían tenuemente de rojo, morado, cobre y verde mi pupila.

“Demonios, no quiero colores” y bajé la cabeza.

Retumbaba en mi oído la estridencia del ambiente. Escucha, escucha, concéntrate en el ruido, concéntrate en la secuencia matemática, siente el ritmo.

Respira. Inhala. Olor a sudor, a calor, vapor de seres humanos concentrados, perfume de mujer. Perfume de mujer . . .

“Concéntrate, ¡Con un demonio!! '¡Hazlo!!”

Huele a testosterona. A feromonas de mujer . . .

Casi trabo la quijada de lo fuerte que aprieto. Súbitamente abro la boca y apuro de un largo trago los tres cuartos de cerveza que quedan. La arrojo y destapó otra, que succiono casi del gollete, con una mortal angustia.

“Escucha y huele. Sólo escucha y huele.”

Tambores rítmicos que truenan en secuencia tribal. Tan fuertes y aún así casi puedo oírlo, aunque no lo desee. Necesito escapar de eso que no quiero oír. Necesito más volumen, necesito más potencia. Me siento frente a una bocina. Retumba mi diafragma mientras el corazón se desboca con los beats.

Casi rugí. Solo escucho y huelo, mientras algo demoníaco se suelta dentro de mi. Algo primitivo, casi primario. Yo no deseo retenerlo. No más.

Las Luces neón. La Música electrónica. La intoxicación etílica. Todo para retomar un antiguo ritual, tan viejo como la Humanidad. Medios artificiales para lograr algo que la espiritualidad no logra darme.

Entre la luz, el sonido, los aromas. Sinestesia.

Lo escucho venir. Un zumbido, leve al principio, que va imponiendo su ritmo sobre la música. Wako shamán, que no me enseñaste esto . . .

De golpe. Una explosión en rojo blanco. El vacío. Un zumbido interminable. Una obscuridad infinita. Un olor a ozono.

Sonrío mientras me pierdo en ese espacio. En mi Ruido Blanco.