martes, 11 de octubre de 2011

¡Deja de amargarte la existencia!

Los seres humanos empleamos tres maneras básicas de amargarnos la vida: exigirnos a nosotros mismos más de la cuenta; exigir exageradamente a los demás; exigir al mundo que sea de determinada forma que no es. Así es como nos volvemos "neuras": depresivos, ansiosos, irritables o vergonzosos en exceso. Y sí, se trata de algo que hacemos nosotros solitos. El ser humano tiene cierta tendencia genética a amargarse.

¿Y realmente podemos cambiar esas actitudes?

Absolutamente. Yo lo compruebo cada día en mi consulta de Barcelona. Se necesita llevar a cabo un trabajo intenso, pero se puede. En realidad, este libro pretende ser una herramienta para todos aquellos que no puedan pagarse un buen psicólogo y que deseen hacer el trabajo por su cuenta.

¿Qué significa "ser fuerte a nivel emocional"?

Significa ser bastante estable, estar alegre la mayor parte del tiempo, que no te afecten demasiado las adversidades, ser capaz de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y relacionarte bien con los demás. Los más fuertes que he estudiado lo consiguen incluso en situaciones muy adversas, como en medio de una guerra o ante una enfermedad grave.

¿En qué consiste su método progresivo para lograrlo?

Consiste en aprender a pensar de una forma diferente a la que lo haces normalmente. Las personas fuertes interpretan siempre lo que les sucede de forma constructiva. Para hacerlo tienes que cambiar tu estructura de creencias básicas acerca de la vida. Consiste en cambiar de filosofía vital de manera profunda. Un joven paciente mío lo describía así: "¡Tienes que girar la cabeza 180 grados!".

¿Cuál es la "mala filosofía de vida" que nos causa problemas emocionales?

Existe cierta tendencia humana a convertir deseos en necesidades. Por ejemplo, "Cómo me gustaría mucho tener coche de lujo, necesito absolutamente tener coche de lujo. Si no lo consigo, soy un fracasado sin remedio". Siguiendo esa tendencia, podemos convertirnos, sin darnos cuenta, en personas que exigen continuamente, y, como consecuencia, se quejan y se amargan sin cesar. La peor filosofía personal es aquella que nos convierte en 'quejicas' profesionales.

¿Podría mencionar algunos "principios de vida diferentes" que nos hacen fuertes y felices?

Tienes que decirte a ti mismo algo que se decía mucho San Francisco de Asís: "Necesito muy poco para ser feliz". Tienes que aceptar a las personas con sus múltiples fallos: esfuérzate realmente en ello. Intenta no exigirte demasiado: todos tenemos carencias y no pasa nada. Trabaja buscando la diversión y no el cumplimiento de la obligación.

El diálogo íntimo de cada uno

La gente más sana y positiva tiene el hábito de no exagerar las adversidades. Las personas ansiosas o depresivas, sin darse cuenta, se ponen mal a sí mismas con lo que se dicen en su interior. Pero se les puede enseñar a cambiar.

Afirma que la sociedad actual produce neurosis y 'terribilitis'

En efecto. La prueba es que cada año aumenta la incidencia de las diferentes enfermedades psicológicas. La sociedad de hoy nos transmite unos mensajes que calan en nosotros y nos hacen débiles: produce "terribilitis". Y la gente joven lo tiene más difícil porque maman esos mensajes desde pequeños. Cada vez vemos a más niños y adolescentes con debilidad a nivel emocional.

Ejemplos de adversidades que afrontamos con "terribilitis"

La clave de la estabilidad emocional es el diálogo interno, lo que te dices a ti mismo. Si te despiden del trabajo y te dices: "¡Eso es terrible, no lo puedo soportar!", te vas a poner ansioso y deprimir. Si te deja tu esposa y te comes el coco cada día con frases del tipo: "Ya no voy a ser feliz: me ha destrozado la vida", lo vas a pasar muy mal. Todo ese diálogo terribilizador tiene un correlato emocional inmediato: depresión, ansiedad, etc. Atención: tú puedes dejar de ver las cosas de esa forma tan negra: déjate de tonterías y esfuérzate seriamente para cambiar ese disco rayado.

Soy humano y fallaré toda mi vida.

"Estamos enfermos de querer más y más. Así que bienvenidos sean mis fallos: soy humano y fallaré toda mi vida. Esta aceptación orgullosa de mis límites me dará paz mental. Se trata de una especie de ecología mental", señala el psicoterapeuta español Rafael Santandreu.

(Extraído del libro “El arte de no amargarse la vida” de Rafael Santandreu)

jueves, 8 de septiembre de 2011

EL FIN DE LA INFANCIA.

Encontrábame yo absorto en profundas cavilaciones ese día. En otras palabras, estaban bastante aburrido esperando que ciertos procesos del trabajo terminarán de operar. En esa parte mi trabajo es bastante monótono: en ocasiones solo es presionar la tecla Enter y cuidar que el proceso no marque ninguna señal de error. En eso tiempos muertos checo alguna otra tarea que tenga pendiente. Pero este día no se me antojaba hacerlo, amén de que eran varios procesos simultáneos.

Tecleé en Google el término “Invasión Extraterrestre”, para buscar en Wikipedia una serie de ciencia ficción de mi niñez, la cual me producía bastante sobrecogimiento en su tiempo. Como sea, leía sinopsis, revisiones y opiniones de la serie, hasta que llegue a los antecedentes. Se mencionaba un cuento llamado “El Fin de la Infancia”, de Arthur C. Clarke, que supuestamente había inspirado esta serie y la película día de la Independencia.

Ande pues, como ya es dominio público, descargué la obra. De 166 páginas me pareció corto, así que lo leí en una tarde.

El Fin de la Infancia habla de una invasión extraterrestre disimulada. Un día, aparecen enormes naves madres de proporciones monumentales sobre las principales capitales del mundo. Tras la estrepitosa nulidad de las armas humanas contra naves que ni se inmutan ante ellas, la voz de Karellen, el orador principal de los Superseñores habitantes de las naves se escucha por el mundo: “Venimos en paz, venimos con una misión, darles guía.”

Karellen y su gente despojaron de su soberanía a la Tierra, coordinándose con sus gobiernos locales para el manejo de los asuntos humanos. Apoyados en la figura de Rikki Stormgrem, secretario de las Naciones Unidas de origen finlandés, es la interacción entre estos dos seres lo que da vida al a primera parte de la historia, pues veladamente los Superseñores planean un cambio en la Humanidad a nivel de sociedad y de individuo, benéficos, pero despojando al hombre de su libre albedrío y su curiosidad por el Universo. Pero esto lo lograrán al tiempo de tres generaciones humanas, aproximadamente 100 años.

Un misterio que rodea a los Superseñores es su imagen física, pues nunca han sido vistos. Sólo es escuchada la voz de Karellen, impactantemente omnipresente por medio de su tecnología. Y esta misma tecnología le da forma a una nueva sociedad en la que no existe el crimen, los vicios o los defectos humanos. Un nuevo orden con un precio a pagar: la libertad de regirnos autónomamente.

Esta nueva sociedad es vista a traves de los ojos de George Greggson y su familia. La nueva estructura social, le tecnología aplicada a la satisfacción de las necesidades, la ausencia de guerras, crímenes y vicios, la forma del poliamor y la forma de los Superseñores: gigantescos demonios alados, extraídos de la memoria del hombre según las distintas religiones.

Los dos hijos de Greggson dan la pauta final para el inicio de la última forma de nuestra raza. Muestran aquello que es resultado de las manipulaciones sociales de Karellen, el fin último de este plan estelar para la Tierra, dónde el mismo arquitecto es obrero pero nunca será protagonista de un cambio así. Es la maldición de los extraterrestres: observar un cambio que jamás podrán lograr para sí mismos.

Todo es parte de un plan, dice Karellen. Sólo que nunca lo divulga. Planea y da forma a nuevas medidas, a una nueva sociedad, alcanzando la utopía soñada por los humanos desde el inicio de los tiempos. Pero la utopía es aburrida; no presenta retos, no permite crecer. Si no hay obstáculos, no hay crecimiento, no hay progreso, piensa Jan Rodricks, protagonista de la segunda parte del Libro. Y rompe con las medidas de seguridad de los Superseñores, para salir de la tierra y conocer el hogar de aquéllos. Obtiene ese conocimiento para regresar a su planeta 80 años después de su salida, para ser el cronista de la evolución de su raza, y del fin de la humanidad como la conocemos. Tristemente, su deber como el último hombre sobre la Tierra, es describir los últimos días de su especie para los Superseñores, que también observan con amargura y casi envidia, el fin de su obra.

Me dejó con un halo de tristeza. La ansiada utopía humana es solemne, y aburrida. Como individuos somos felices, pero como sociedad estamos estancados.

Aún así, recomiendo su lectura, por lo cual dejo el link para descarga.

El Fin de la Infancia - Arthur C. Clarke

jueves, 4 de agosto de 2011

LA GENTE QUE ME GUSTA

Primero que todo: me gusta la gente que vibra,
que no hay que empujarla
que no hay que decirle que haga las cosas,
sino que sabe lo que hay que hacer y
lo realiza en menos tiempo de lo esperado

Me gusta la gente con capacidad para medir las consecuencias de sus acciones,
no la que deja sus soluciones al azar.

Me gusta la gente justa con su gente consigo misma,
porque no pierde de vista que somos humanos
y nos podemos equivocar

Me gusta la gente que piensa que el trabajo en equipo,
entre amigos,
produce más que los caóticos esfuerzos individuales.

Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría.

Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos serenos y razonables.

Me gusta la gente con criterio,
la que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo
o que se equivocó.

Me gusta la gente que, ala aceptar sus errores,
se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos .

Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente,
a estos los llamo “mis amigos”.

Me gusta la gente fiel y persistente,
que no desfallece cuando de alcanzar ideas y objetivos se trata.

Me gusta la gente que trabaja por resultados.

Con gente como esta me comprometo a lo que sea,
ya que con haberla tenido a mi lado,

me doy por bien retribuido.


Mario Benedetti

martes, 26 de julio de 2011

LA CARTA DE FUKUSHIMA

La carta fue escrita por Thanh Minh, quien trabajó en Fukushima como policía e iba dirigida a un amigo de Vietnam. Esa fue publicada por New America Media, y dice así:

Hermano,

¿Cómo estás tú y tu familia? Estos últimos días, todo era un caos. Cuando cierro mis ojos, veo los cadáveres. Cuando abro los ojos, también veo los cadáveres.

Cada uno de nosotros debe trabajar 20 horas al día, sin embargo, me gustaría que hubiera días de 48 horas, para que podamos seguir ayudando y rescatando gente.

Estamos sin agua y electricidad, las raciones de alimentos se encuentran cerca de cero. Apenas se consigue trasladar a los refugiados antes de que haya nuevas órdenes para trasladarles a otro lugar.

Actualmente estoy en Fukushima, a unos 25 kilómetros de la planta de energía nuclear. Tengo tanto para decirte que si pudiera escribirlo todo, seguramente se convertiría en una novela acerca de las relaciones y comportamientos humanos en tiempos de crisis.

Aquí la gente mantiene la calma - su sentido de la dignidad y el comportamiento adecuado son muy buenas - así que las cosas no son tan malas como podrían serlo. Pero dado una semana más, no puedo garantizar que las cosas lleguen a un punto en que ya no se pueda proporcionar la debida protección y el orden.

Son seres humanos después de todo, y cuando el hambre y la sed reemplacen la dignidad, van a hacer lo que tienen que hacer. El gobierno está tratando de proveer suministros por vía aérea, con alimentos y medicinas, pero es como dejar caer un poco de sal en el océano.

Hermano, hubo un incidente realmente conmovedor. Se trata de un niño japonés que enseñó a un adulto como yo, una lección sobre cómo comportarse como un ser humano.

Ayer por la noche, me enviaron a una escuela de gramática para ayudar a una organización de caridad a distribuir alimentos a los refugiados. Era una larga fila que serpenteaba un lado a otro y vi a un niño de alrededor de 9 años de edad. Llevaba una camiseta y un par de pantalones cortos. Estaba haciendo mucho frío y el niño estaba en el final de la cola. Me preocupaba que en el momento que le llegara el turno, no hubiera ningún alimento. Así quehablé con él. Dijo que estaba en la escuela cuando ocurrió el terremoto. Su padre trabajaba cerca y se dirigía a la escuela. El estaba en el balcón del tercer piso cuando vio el coche de su padre barrido por el tsunami.

Le pregunté acerca de su madre. Dijo que su casa está junto a la playa, que su madre y su hermana pequeña, probablemente no se salvaron. Volvió la cabeza, se secó las lágrimas cuando le pregunté acerca de sus familiares.

Estaba temblando por lo que me quité la chaqueta de policía y se la puse a él. Ahí fue cuando mi bolsa de ración de alimentos se cayó. La recogí y se la di a él. "Cuando llegue tu turno, podrías quedarte sin alimentos. Así que aquí está mi parte. Yo ya comí. ¿Por qué no te lo comes?"El muchacho tomó mi comida, se inclinó. Pensé que se lo comería de inmediato, pero no lo hizo. Tomó la bolsa, se acercó al principio de la cola y la puso con toda la comida que estaba esperando para ser distribuida.

Me sorprendió. Le pregunté por qué no se lo comía, en vez de añadirla a la pila de los alimentos. Él respondió: "Porque veo a gente con mucho más hambre que yo, si lo pongo allí, se van a distribuir los alimentos por igual..." Cuando escuché eso me di vuelta para que la gente no me viera llorar.

Una sociedad que puede educar a un niño de 9 años de edad, que entiende el concepto de sacrificio por el bien común, es una gran sociedad, un gran pueblo.

Bueno, en estas pocas líneas envío a ti y a tu familia mis mejores deseos. La hora de mi turno ha llegado nuevamente.

Ahora por favor, alguien dígame si no tenemos mucho que aprenderle a los japoneses.

jueves, 14 de julio de 2011

KAYAK

Soy aficionado, por no decir fanático, de leer El Manual para canallas de  Roberto G. Castañeda. Una columna, en un diario, que retrata temas de una vida hastiada, de búsquedas incansables, miserias humanas, glorificaciones de una vida bohemia, de vinos y habanos, de vidas al límite, de vivir con lo puesto y con dos pesos en el bolsillo. Si tocara la guitarra y trabajará en un bar, diría que Arjona se volvió columnista. Aunque ya no me gusta el estilo de vida que glorifican tanto Castañeda como Arjona, no dejo de leer la columna, por su prosa. Me gusta como escribe.

Ha tenido una difícil relación con su padre. Por no decir, casi ninguna relación. Dura, irreconocible relación.

Eso me da pauta para hablar nuevamente del Inge. El querido Inge.

Relataré una anécdota. No sé si el la recuerda. Si lo hace, tendrá ganas de matarme, a pesar dela contradicción que ello implica, cuando lean la anécdota.

Tendría yo, como 10 años, cuando fuimos por primera vez en un road-trip a Cancún. Visitamos el santuario de Xel-Ha, una caleta en la cual un rio se une con el mar, formando el acuario natural más grande del mundo. Podías bucear y observar toda esa maravillosa fauna marina, solazarte con los espectáculos, observar el paisaje. Pero no. Yo tenia la vista fija en un solo propósito, de algo que vi cuando entramos: la renta de kayaks.

Yo quería navegar en un kayak. Una especie de piragua, de un solo tripulante, impulsada con un remo único de dos cucharas. El tripulante se sienta acomodando las piernas hacia la proa, por lo cual le es imposible girar el cuerpo completamente.

Sí, eso es un kayak. Cuando le dije al Inge, me mandó con cajas destempladas a mi lugar. “No sabes ni nadar bien y ya quieres navegar”, o alguna joya de sabiduría de mi padre por el estilo soltó.

Ah, pero como siempre, yo era muy necio. Muy necio. Así que con lo que había juntado de los cambios que no regresaba durante el viaje, alquilé yo el armatoste ese. El lanchero me vio y no comento nada. Mi estatura en aquel tiempo sobrepasaba por 20 cm a los chicos de mi edad, así que supuso que tendría yo como 15 años.

Me dispuse a navegar, son rumbo al horizonte. Fue muy divertido, ir avanzando con la corriente, viendo los peces multicolores desde la superficie.

Hasta que quise regresar a puerto.

Ahí fue precisamente el terror. Me di cuenta que jamás había preguntado, ni como detener la embarcación, ni como girarla. Tampoco, cómo evadir la corriente del río, que lentamente me arrastraba hacia el mar. En que lío me había metido: no sabia como regresar, y nadie, salvo el lanchero, conocía donde estaba yo.

Dentro de mi ingenuidad, llamando así eufemicamente a mi estupidez, me bajé al agua “para girar el bote”. Idiota. Después ya no podía subirme. Estaba a merced de la corriente, abrazando el bote que me llevada directo al infierno.

A lo lejos, comencé a ver un hombre nadando en dirección hacia donde yo estaba. Lejos, pero después de unos minutos, estaba convencido que venía en mi dirección, nadando raudamente.

Era el Inge.

Yo me había alejado cerca de dos kilómetros (eso después me lo informaron) en dirección a la salida al mar. Aún así, el Inge aviso a la seguridad del Acuario mientras se lanzaba a nado por el hijo más idiota que tenía en ese momento. Nadó cerca de kilometro y medio antes de sentir un calambre en la pierna que le hizo detenerse para recuperar condición y seguir en mi dirección. En ese momento lo rebasó la embarcación del lanchero, avisada por la seguridad para que fuera por mí.

Hasta el día de hoy, no sé como se enteró mi padre dónde estaba. Tampoco recuerdo si me regañaron y castigaron, aunque también supongo que fue de ese modo. Lo único que recuerdo, es a mi padre nadando para alcanzarme.

Y que al verlo, yo sabía que todo estaría bien.

Castañeda puede detestar a su padre. Yo, puedo pelearme muchas veces con él, porque no estaremos de acuerdo. Pero no puedo soslayar el hecho de que, pasé lo que pasé, ese hombre iría nadando al infierno por mi.

Aunque sea para regañarme.

Gracias Inge. Por todo.

 

 

viernes, 24 de junio de 2011

CIUDADANO DEL MUNDO

Ayer paso algo que me hizo recordar. Sentado cenando en la calle, frente a mis ojos atropellaron a un perro. No era un perro bonito, ni de raza elegante, con rimbombantes curvas o despampanante pedigree. Un simple perro, como miles.

El animalito se paró como pudo y se apartó del asfalto, aullando de dolor. Difícilmente pude quitarle los ojos de encima y tratar de no escucharle gemir de dolor. Aún siento el hueco en el corazón. Y como mi mente repetía como un mantra “Recuerda. No puedes salvarlos a todos. Recuerda que no puedes.”. Pero eso no me quita la congoja.

Hace años hubiera corrido a él. Lo hubiera levantado, lo hubiera llevado al veterinario, lo hubiera tratado de curar. Esa parte de mi naturaleza creo que nunca se irá. Y el no poder realizarla me llena de congoja.

Pero no puedo salvarlos a todos. No puedo. No solo. Tengo que repetírmelo todos los días cuando se me van las cabras al monte y trato de hacer cosas como esas. Como darle dos pesos a gente que se me acerca porque se murió la abuela, porque se esta rehabilitando, porque no tiene qué comer. Me aguanto no darle a los niños, porque sé que alguien más lo envía a pedir para mantener un maldito vicio, aun cuando tiemblo de rabia de que le están destrozando la infancia.

Un día escuché a una celebridad decir, que era ciudadano del mundo, porque era de todos lados, vivía temporadas en muchos países.

Pensé “Si es ciudadano del mundo, debe dolerle la gente de todos los lugares del planeta. Toda la miseria humana. Eso debería significar ser ciudadano del mundo”

Sí. Esa es mi definición de ese popular término. Para serlo, hay que ser émpata con la Humanidad. Deber importante en la medida de tus posibilidades lo que acontece en este lugar, que es la parte que a mí alguna vez se me estaba desbordando. Poner tu grano de ayuda en los problemas locales, en los acontecimientos mundiales, en las causas que puedas pelear.

No se puede ser humano sin ser ciudadano del mundo. No se puede ser humano sin que te duelan los que están a tu cuidado como los animales y el planeta. No se puede ser humano sin que te duelan los otros siete billones de humanos en el mundo, sin que te duela la gente que muere de hambre en África, los que mueren en guerras estúpidas y fratricidas en Medio Oriente, sin que te duelan los 40,000 mexicanos que han muerte por culpa de la guerra del narcotráfico, sus innumerables desaparecidos, sus viudas, sus huérfanos, sus madres desconsoladas, sus padres demudados.

Por eso somos ciudadanos del mundo. Porque no podemos cerrarnos al mundo, porque no podemos ignorarlo, porque tenemos que hacer algo por él , porque tenemos que tomar una causa y abanderarla. Sólo una causa, por lo menos.

No podemos estar en todas las guerras. No podemos estar en todos los frentes.

Escojamos uno y defendámoslo. Ese es el sentido de la unidad.

Algunas de las causas que podemos abanderar:

Cartoon Network y un Kilo de Ayuda juntos combaten la desnutrición infantil.

La marcha contra la violencia sexual contra las mujeres: La Marcha de las Putas en Morelia

Guía de separación de desechos sólidos y reciclaje hecha por el IPN

Santuario para perros Milagros Caninos

Fundación “Sólo por ayudar A.C.” de Lolita Ayala

Fundación Lazos A.C. para la educación.

martes, 14 de junio de 2011

LA TORTUGA EN EL POSTE

Un joven está paseando por la plaza de un pueblo y decide tomar un descanso.

Se sienta en un banco, ocupado por un señor de más edad. Naturalmente, comienzan a conversar sobre el país, el gobierno y finalmente sobre los Legisladores y similares.

El señor le dice al joven - "¿Sabe? LOS LEGISLADORES Y DEMÁS, SON COMO UNA TORTUGA EN UN POSTE."

Después de un breve lapso, el joven responde - "No comprendo bien la analogía... ¿Qué significa eso, señor?"

Entonces, el señor le explica: "Si vas caminando por el campo y ves una tortuga arriba de un poste de alambrado haciendo equilibrio

¿Qué se te ocurre?"

Viendo la cara de incomprensión del joven, el hombre continúa con su explicación:

  • Primero: No entenderás cómo llegó ahí.
  • Segundo: No podrás creer que esté ahí.
  • Tercero: Sabrás que no pudo haber subido solita ahí .
  • Cuarto: Estarás seguro que no debería estar ahí.
  • Quinto: Serás consciente que no va a hacer nada útil mientras esté ahí.

"Entonces lo único sensato sería ayudarla a bajar."

EN LAS PRÓXIMAS ELECCIONES , HAGÁMOSLO BIEN, TRATEMOS DE QUE NINGÚN ANIMAL SUBA AL POSTE.